Unai Simón ya mostraba con solo 11 años una personalidad y unas condiciones que llamaban la atención. Su antiguo entrenador, Javier Barbero, recuerda la autoexigencia de un niño que se enfadaba con sus propios errores y que ya quería ser el mejor
Unai Simón ya apuntaba maneras mucho antes de convertirse en uno de los grandes referentes de la portería española. Javier Barbero, uno de sus profesores durante el curso ‘Diplomacia y Licencia GK UEFA B’ de la RFEF recuerda cómo era el portero de la selección española cuando apenas tenía 11 años y qué cualidades le hacían diferente al resto.
Mucho antes de su salto al fútbol, Unai Simón ya mostraba una personalidad poco habitual para un niño de su edad. Así lo recuerda Javier Barbero, técnico que tuvo al actual portero del Athletic y de la selección durante su formación. “En Unai observé cosas que no veía en porteros de más edad y, sobre todo, personalidad”, explicó Barbero a la Real Federación Española de Fútbol. Una descripción que encaja con una de las características que lo ha acompañado durante toda su carrera: su enorme exigencia consigo mismo.
Con solo 11 años, Simón quería mejorar constantemente y tenía una mentalidad tremendamente competitiva. “Era un niño muy competitivo consigo mismo, le importaba mucho la mejora, se enrabietaba cuando no le salía una tarea, quería ser el mejor”, recordó su antiguo entrenador.
Un niño que lloraba por encajar goles
Esa exigencia también tenía una cara menos amable. Los errores podían afectarle especialmente y llegar a provocar una gran frustración en el joven guardameta.
Barbero recuerda incluso alguna situación en la que tuvo que intervenir junto al padre de Unai después de que el portero terminara llorando tras encajar un gol. “Trataba de consolarle junto a su padre porque salía llorando de rabia por haber encajado un gol en una situación en la que podía haber hecho más”, explicó.
El mensaje que intentaban trasladarle entonces era fundamental para cualquier futbolista que ocupa la portería: aprender a convivir con el error.«Hacerle ver que tuviera calma, que no pasaba nada, que el portero tiene que convivir con los fallos y la mejora se consigue trabajando”, señaló Barbero.
Una enseñanza que iba mucho más allá de una simple corrección técnica. El objetivo era que aquella exigencia que le empujaba a querer ser mejor no terminara convirtiéndose en un obstáculo.
Un talento que ya destacaba con 11 años
Más allá de su personalidad, las condiciones futbolísticas de Unai Simón también llamaron rápidamente la atención. Barbero recuerda a un niño con una capacidad técnica y unos conocimientos poco habituales para su edad. “Lo hacía fantásticamente bien, era un niño que tenía una capacidad de conocimientos y destrezas extraordinaria”, afirmó.

El entrenador también destacó el papel de la familia durante todo ese proceso. Para Barbero, el entorno de Simón fue determinante para que pudiera avanzar en su formación y tomar las decisiones adecuadas durante su crecimiento. “Ha estado acompañado de una familia excepcional, fantástica, que le ha sabido asesorar, guiar en su carrera y ha llegado por méritos propios”, aseguró.
Uno de los aspectos en los que más evolucionó fue el juego con los pies. Una faceta cada vez más importante en los porteros modernos y que hoy forma parte de las virtudes del internacional español. “En todas las facetas le doy una nota media alta y ha evolucionado mucho en el juego con los pies, lo que le permite otorgarle superioridad al equipo en el inicio del juego”, explicó Barbero.
Fútbol y estudios, dos caminos paralelos
La personalidad de Unai Simón no solo se ha visto bajo los palos. El portero también decidió compaginar su carrera deportiva con su formación académica. Comenzó estudiando Fisioterapia, aunque posteriormente decidió cambiar de rumbo y cursar Administración y Dirección de Empresas (ADE).
Esa decisión también ha sido interpretada como una muestra de su capacidad para adaptarse y mantener objetivos a largo plazo. Compatibilizar entrenamientos, partidos, viajes y estudios universitarios requiere una importante capacidad de organización y constancia.
Esto muestra que Unai con solo 11 años ya había señales de lo que podía llegar a ser: un portero exigente, competitivo, inconformista y con una personalidad que, según quienes le conocieron entonces, ya estaba por encima de lo habitual para su edad.





