El exguardameta internacional recuerda cuándo comenzó a invertir en el mercado inmobiliario y admite que aquella experiencia le enseñó a gestionar de otra manera sus primeros grandes ingresos
Santi Cañizares conoce bien las luces y las sombras de invertir en vivienda. El exguardameta de Celta, Real Madrid y Valencia vivió en su etapa de futbolista un contexto inmobiliario especialmente favorable, aunque también tuvo que enfrentarse a una situación límite con apenas 22 años.
Su primera casa llegó a entrar en subasta, por lo que vio lo fácil que es dilapidar fortunas con la inversión en vivienda.
Una inversión que terminó multiplicándose
El exguardameta ha intervenido en el pódcast ‘¿Dónde invierten los futbolistas de élite?’, recordando cómo comenzó a interesarse por las propiedades a lo largo de sus primeros años como profesional, cuando comenzó a ganar mucho dinero. En aquella época, el mercado ofrecía oportunidades que hoy resultarían difíciles de imaginar, especialmente en Valencia.
«Cualquier persona que llegara a Valencia y viera un piso en la Gran Vía de 150 metros cuadrados, estaríamos hablando de lo que ahora son 180.000 euros, pues esto lo puedo pagar y este piso nunca va a hacer daño aquí. Luego se vendió por cerca del millón de euros. Era bastante sencillo», relató.
El ejemplo refleja hasta qué punto cambió el valor de determinados inmuebles en aquellos años. Sin embargo, el exinternacional español también comprobó que el ladrillo podía convertirse en un problema cuando las inversiones se realizaban recurriendo a un endeudamiento excesivo.
El estallido del mercado cambió las reglas
A partir de 2005, el mercado inmobiliario sufrió una transformación radical con el estallido de la burbuja inmobiliaria y algunos de los futbolistas que habían invertido grandes cantidades comenzaron a tener serios problemas para hacer frente a sus compromisos económicos.
«He visto a compañeros con parcelas que decían ‘esto vale 3 millones de euros’ y luego no valía nada. Mucha gente se arruinó porque estaba apalancada por encima de sus posibilidades», recordó Cañizares.
El exguardameta no habla únicamente desde la distancia. Él mismo tuvo que enfrentarse a las consecuencias de una mala situación financiera cuando todavía estaba comenzando su carrera en la élite.

Con 22 años, a punto de perder su casa
Una de las confesiones más llamativas de Cañizares tiene precisamente que ver con su primera vivienda. Con apenas 22 años, el portero tuvo que utilizar el dinero que acababa de empezar a ganar en Primera División para evitar que su única propiedad acabara en manos de otra persona.
«Yo con 22 años, con mi primer dinero ganado en Primera, tuve que sacar mi única casa de la subasta», aseguró. Aquella experiencia pudo haber sido un golpe especialmente duro para un futbolista que todavía estaba construyendo su patrimonio, pero que terminó convirtiéndose en una enseñanza de vida decisiva para el resto de su carrera.
«Aquello fue una magnífica experiencia porque ahí empecé a darme cuenta de que había que guardar el dinero», explicó.

La lección para los futbolistas jóvenes
Cañizares considera que aquel problema le permitió comprender algo que muchos deportistas descubren demasiado tarde: los ingresos extraordinarios durante una carrera profesional no garantizan que el dinero vaya a entrar para siempre.
El exjugador entiende que los futbolistas jóvenes son especialmente vulnerables a esa situación, porque durante sus primeros años en la élite pueden pasar en poco tiempo de tener ingresos normales a manejar cantidades muy elevadas. «Muchos futbolistas jóvenes piensan: ‘El dinero está entrando constantemente, así que me lo puedo gastar sin ningún problema porque no va a dejar de entrar’. Pero eso es un error fundamental», confesó durante una conferencia pública.
La experiencia de Cañizares adquiere especial relevancia en un momento en el que la vivienda vuelve a estar en el centro del debate económico. Su historia demuestra que incluso un futbolista que alcanza la Primera División puede encontrarse en una situación límite si no acompasa sus decisiones patrimoniales a unos ingresos que, por elevados que sean, también pueden desaparecer.





