El Cádiz encara el inicio de la temporada con más dudas que certezas después de caer ante Las Palmas (1-3) en el Trofeo Carranza. El conjunto de Imanol Idiakez se adelantó, pero perdió el control del partido y dejó una preocupante imagen justo antes del estreno liguero
El Trofeo Carranza debería ser esa noche en la que el Cádiz se mira al espejo antes de empezar la temporada. Una última prueba, un termómetro para medir sensaciones y, sobre todo, una oportunidad para que el cadismo salga del Nuevo Mirandilla pensando que hay motivos para ilusionarse. Ayer ocurrió prácticamente lo contrario.
El 1-3 ante Las Palmas no es una tragedia por tratarse de un amistoso, ni conviene sacar conclusiones definitivas a una semana de comenzar la competición. Pero sería engañarse mirar hacia otro lado. Porque el problema del Cádiz no fue únicamente perder. El problema fue cómo perdió.
El equipo de Imanol Idiakez se adelantó pronto, con el estreno goleador de Izeta en el Nuevo Mirandilla, y durante unos minutos parecía que la noche podía coger el camino esperado. Pero fue un espejismo. Las Palmas necesitó poco para darle la vuelta al encuentro.
Un Cádiz sin respuesta
El conjunto amarillo tuvo dificultades para hacerse con el balón. El centro del campo parecía construido con cemento: pesado, lento y sin capacidad para imponer el ritmo. Mientras el Cádiz dudaba, Las Palmas sabía perfectamente qué quería hacer.
Kirian Rodriguez comenzó a gobernar la medular y el partido empezó a inclinarse. El Cádiz perdió el control y dejó de parecer un equipo que se estaba preparando para competir en pocos días. Las Palmas, en cambio, transmitía una sensación mucho más reconocible: sabía dónde quería llevar el partido y encontró los espacios para hacerlo.
Más allá de la buena acción individual de Manu Fuster, el Cádiz concedió demasiado. Y en Segunda, donde los pequeños detalles suelen decidir partidos, regalar metros, segundos y ventajas puede terminar siendo demasiado caro. Después llegó el tercero. Jefté recibió, armó la pierna y colocó el balón en la escuadra. Un golazo, sí. Pero también otra muestra de que el Cádiz permitió demasiado.
El problema no es perder, es no tener una idea
Lo más preocupante del Carranza no debería ser el resultado. El Cádiz puede perder partidos. Incluso puede hacerlo contra Las Palmas. Lo que no puede permitirse es llegar al primer partido de Liga sin que se intuya con claridad qué quiere ser. Se vio un rival que sí sabía dónde estaba y lo que quería.
Había carreras de José Antonio de la Rosa, Antoñito Cordero intentando encontrar espacios, Izeta buscando aparecer y Álvaro García Pascual tratando de descargar. Pero todo parecía demasiado aislado. Faltaba continuidad, conexión y, sobre todo, capacidad para dominar los tiempos del encuentro. Un equipo puede ser conservador. Puede jugar directo. Puede esperar atrás. Puede apostar por el contragolpe. Pero necesita que todas esas piezas respondan a un plan. Ayer el Cádiz pareció más pendiente de reaccionar que de provocar.
Y ahora llega la hora de la verdad
Lo que ha ocurrido en el trofeo se lee como un punto negro a lo que viene de año. No era un amistoso cualquiera. Era la última gran prueba antes del estreno liguero y el rival era, además, uno de los equipos llamados a pelear por objetivos importantes en la categoría. Este era el momento de devolver la ilusión al cadismo.
El Cádiz sigue teniendo margen para incorporar futbolistas y mejorar una plantilla que todavía no parece completamente terminada. Pero el tiempo empieza a apretar. La sensación de ayer fue: que al Cádiz le queda trabajo y que la Liga ya está llamando a la puerta.
Las modificaciones en la segunda parte cambiaron ligeramente la cara del equipo. Damián volvió a tener minutos y Beñat de Jesús pudo debutar como cadista. Vladys incluso tuvo una ocasión para recortar distancias. Pero tampoco hubo una reacción capaz de hacer pensar en una remontada.
El equipo pareció aceptar demasiado pronto que la noche se había escapado.
Este trofeo no solo se juega por una copa. Se juega por sensaciones. Por convencer al aficionado. Por mandar un mensaje antes de que empiece lo importante. Y el Cádiz mandó uno que nadie quería escuchar: todavía no está listo.
La derrota no condena al equipo. Pero sí obliga a Idiakez y a la dirección deportiva a mirar de frente lo sucedido. Queda tiempo para corregir. Lo que no queda es demasiado margen para seguir buscando una identidad. La primera jornada está a la vuelta de la esquina y el Cádiz necesita mucho más que buenas intenciones.





