Ángel Arroyo, exciclista profesional: «En mis tiempos no había tanta báscula ni nutricionista. Comíamos lo que nos ponían por delante»

Ángel Arroyo, exciclista profesional: «En mis tiempos no había tanta báscula ni nutricionista. Comíamos lo que nos ponían por delante»

El ciclista abulense, que nos dejó este lunes a los 70 años, fue el precursor de los éxitos de Perico Delgado y Miguel Indurain

Este pasado lunes nos dejaba uno de los mitos del ciclismo español, Ángel Arroyo, que fue el precursor de Perico Delgado y Miguel Indurain, con los que compartió equipo, y que rompió los complejos de los ciclistas españoles en el Tour de Francia, la carrera más importante del calendario.

El ciclista abulense falleció a los 70 años tras afrontar una grave enfermedad. Nacido en El Barraco -cuna de leyendas como el ‘Chava’ Jiménez, su cuñado, o Carlos Sastre-, Arroyo fue una de las grandes figuras de la ruta en la década de los ochenta y un auténtico pionero, cuyo inolvidable segundo puesto en el Tour de Francia de 1983 abrió las puertas al éxito histórico de las generaciones posteriores.

Pertenece a esa estirpe de ciclistas hechos a sí mismos, moldeados en la austeridad del campo y con una determinación inquebrantable. Criado en un entorno donde el deporte de élite era una realidad lejana -su familia trabajó en fincas vinculadas a la familia de Adolfo Suárez y al cuidado de ganado-, su idilio con la bicicleta nació de la más pura terquedad infantil.

Con apenas ocho años llegó a amenazar a sus padres con irse de casa si no le compraban una bici. «Con ocho años les dije a mis padres que, si no me compraban una bici, me iba de casa», reconoció en una entrevista en La Razón. La respuesta no fue inmediata. De hecho, no se la compraron, pero la picardía del pequeño Arroyo hizo el resto: terminó adueñándose de una bicicleta de adulto de su padre, pedaleando a duras penas con las piernas por debajo de la barra al no alcanzar los pedales.

Arroyo, ciclista por insistencia

Arroyo reconoce que en su casa «no sobraba el dinero» y que le compraran una bici entonces era «un lujo enorme». Pero que, cuando por fin la tuvo, dormía prácticamente con ella al lado de la cama. Su afición y capacidad de adaptación se evidenció en sus primeras carreras en Ávila, donde destacó pese a su falta de medios y demostró que valía para ese deporte.

«De pequeño me crie en un ambiente donde la bicicleta no era lo habitual, pero en cuanto tuve la oportunidad supe que era a lo que quería dedicarme», refrendó en esa misma entrevista personal.

Ya en el ámbito profesional, Arroyo se consolidó como uno de los grandes escaladores de los años 80 y pionero del ciclismo español moderno. Tras un convulso Tour de Francia en 1982 marcado por la controversia del dopaje, tocó el cielo en 1983 al finalizar segundo en la clasificación general de la Grande Boucle, solo por detrás de Laurent Fignon, tras firmar una exhibición histórica en la cronoescalada al Puy de Dome. «Aquel día en el Puy de Dome solo pensaba en apretar y en todo el camino recorrido para estar allí», señaló.

Hombre de costumbres sencillas, amante de su tierra y del campo que lo vio crecer, su carrera profesional reflejó la transición entre un ciclismo tradicional, basado en el pundonor y la resistencia pura, y la llegada de la gran infraestructura profesional. Con su estilo combativo, abriéndose paso desde la nada, abrió el camino para las posteriores gestas del ciclismo español.

Un ciclista hecho a sí mismo

«A mí no me hacía falta que me dijeran lo dura que era una subida. Yo miraba para arriba, apretaba los dientes y pensaba en todo lo que me había costado llegar hasta allí. Eso te da más vatios que cualquier entrenamiento», reconoce más recientemente, donde señala las diferencias con lo que se vivía entonces. «En mis tiempos no había tanta báscula ni nutricionista. Comíamos lo que nos ponían por delante. Un buen plato de legumbres, carne y para adelante. Hoy ven una chuleta y se asustan», desvela un Arroyo que era rebelde y nunca lo ocultó. «Tenía una personalidad atípica; era rebelde y no me conformaba con nada», reconoce.

Su lucha ha dejado un legado y así se lo han reconocido los que coincidieron con él y los que lo han podido despedir esta semana en Avila.

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