Bastante antes de ganar el Balón de Oro y ser una de las mejores futbolistas del planeta, la centrocampista catalana ya empezaba a mostrar su gen competitivo en casa
Aitana Bonmatí lleva toda la vida compitiendo, incluso antes de llegar a la élite del fútbol femenino. Su primer rival futbolístico lo tuvo en casa y no fue otro que su padre, Vicent.
Rosa, madre de la jugadora catalana, recuerda la escena como si fuera ayer. No había porterías reglamentarias, césped ni árbitros. El terreno de juego era el salón de casa y el balón, una pequeña pelota fabricada con papel de aluminio que guardaban encima de un mueble. Con eso bastaba para que padre e hija montaran su particular partido.
Aitana tenía alrededor de ocho años y aprovechaba cualquier hueco después de sus actividades extraescolares para retar a Vicent a un partido. Las sillas y los muebles condicionaban los movimientos, pero no rebajaban la intensidad de aquellos enfrentamientos. Había regates, goles, celebraciones y, sobre todo, discusiones. La pequeña no estaba dispuesta a dejar pasar lo que consideraba una trampa o una decisión injusta. Si perdía, siempre quedaba pendiente la revancha.
Rosa guarda con especial cariño aquellos recuerdos de una niña que ya vivía cada partido como si hubiera algo importante en juego. La competitividad que tan lejos le ha llevado en su carrera ya afloraba por aquel entonces, aunque el escenario fuera doméstico y el premio no pasara de poder presumir ante su padre.
Lo curioso es que aquel clásico terminó cambiando rápidamente de favorito. Cuando Aitana tenía nueve o diez años, comenzó a ganar con mayor frecuencia a Vicent. Y tampoco entonces se olvidaba de celebrar sus goles. La diferencia de edad dejó de ser un argumento suficiente para su padre, que tuvo que acostumbrarse a tener enfrente a una rival cada vez más difícil de superar.
Aquellos duelos no desaparecieron cuando la centrocampista fue creciendo. La tradición se mantuvo durante años, aproximadamente hasta que Aitana cumplió los 17. Incluso después, encontrar una pelota pequeña por casa podía ser motivo suficiente para recuperar por un rato aquellos partidos que habían acompañado su infancia.
Ahora que su nombre está asociado a una de las grandes del fútbol femenino, la historia permite asomarse a una faceta mucho más cotidiana de la estrella. Porque antes de competir en los estadios más importantes, Aitana ya había aprendido a convivir con la exigencia, la frustración de una derrota y las ganas de volver a intentarlo. Las ganas que tenía de ganar en el salón de su casa son las mismas que demuestra hoy en día.





