Lamine Yamal no olvida sus raíces pese a haberse convertido en una estrella mundial. El futbolista del Barcelona creció en Rocafonda, en Mataró, donde comenzó a jugar al fútbol y forjó sus primeras amistades marroquíes. El ‘304’ sigue siendo una de sus señas de identidad
Antes de convertirse en una de las grandes estrellas del fútbol mundial, Lamine Yamal fue simplemente uno de los niños que corrían detrás de un balón por las calles de Rocafonda. El barrio de Mataró donde creció sigue formando parte de su identidad y el ‘304’, su código postal, se ha convertido en una de sus señas de identidad más reconocibles.
Hijo de padre marroquí y madre ecuatoguineana, Lamine no ha escondido nunca sus raíces. Al contrario. El ‘304’ aparece en sus celebraciones y se ha convertido en un símbolo que conecta al futbolista con el lugar en el que comenzó todo. Ahora, con solo 19 años y después de haber alcanzado una dimensión internacional, en Rocafonda siguen viendo a aquel niño que jugaba en las pistas del barrio.
De Rocafonda a La Masia
Maria Majó i Clavell, maestra y vecina de toda la vida de Rocafonda, conoce bien aquella etapa. En declaraciones a El Diario de la Educación en 2024 recordó cómo fueron los primeros pasos del futbolista. Según explicó, Lamine comenzó a jugar al fútbol siendo muy pequeño. Su madre se trasladó con él a La Torreta y fue allí donde lo apuntaron a fútbol cuando tenía tres, cuatro o cinco años.
El talento no tardó en hacerse evidente. Dentro del entramado del fútbol catalán, el joven pasó por su primer club, vinculado al Espanyol, pero fue el Barça quien detectó unas condiciones que podían llevarle mucho más lejos. Los azulgranas plantearon a la familia la posibilidad de llevarlo a La Masia, donde podía continuar su formación futbolística al mismo tiempo que recibía una educación. El resto de la historia ya forma parte de la trayectoria del actual ’10’ del Barcelona. Pero la llegada a la cantera azulgrana no borró sus vínculos con Rocafonda.
El niño que volvía al barrio
Majó recuerda especialmente los momentos que Lamine vivía lejos de los focos. Los viernes, uno de los hijos del tío Abdul acudía a buscarlo para llevarlo a casa de su abuela. Después llegaba uno de los momentos favoritos del pequeño futbolista: salir a jugar a la pista con otros niños del barrio. «Su sitio afectuoso, su lugar de amigos, estaba en Rocafonda», recordaba la maestra. Allí, sus compañeros ya se fijaban en su manera de jugar y trataban de imitarlo.«Cuando jugaba a fútbol en la pista todos le iban detrás para aprender a hacerlo como lo hacía él», explicó. Aquellas pistas fueron, en cierta manera, uno de sus primeros campos de entrenamiento. Niños de diferentes edades y procedencias compartían espacio y Lamine encontraba allí un entorno en el que desarrollar su fútbol sin la presión que años después acompañaría cada uno de sus partidos.
El ‘304’ como vínculo con sus raíces
Con el paso de los años, el código postal de Rocafonda se ha convertido en una parte inseparable de la imagen de Lamine. El ‘304’ aparece en celebraciones y gestos del futbolista y funciona como un recordatorio permanente del lugar del que procede. Para Majó, esa relación tiene un significado especial. «Es muy bueno que se muestre orgulloso del barrio», señalaba, destacando que Lamine no ha renunciado a sus orígenes pese a haberse convertido en una figura mundial.
El impacto también funciona en la otra dirección. La irrupción del futbolista ha colocado a Rocafonda y a Mataró bajo una atención que antes no tenían, mientras que el barrio continúa reconociendo como propio al jugador que creció entre sus calles. «En Rocafonda, se ha sentido querido y él quiere a Rocafonda», resumía Majó. Esa conexión explica por qué el ‘304’ es mucho más que cuatro números para Lamine Yamal. Es el recuerdo de una infancia, de sus amigos y de las pistas donde comenzó a construir el futbolista que hoy conoce todo el mundo.





