La Copa del Mundo entra en su fase decisiva y llega lo mejor, pero deja demasiadas dudas por los horarios, las pausas de hidratación, el calor y un formato que ha sacrificado parte de la esencia del fútbol
Hay Mundiales que quedan en la memoria por sus grandes partidos, por sus goles, por sus estrellas, por la felicidad que te hicieron sentir -¿quién no recuerda dónde estaba en la final de 2010 cuando marcó Iniesta?-, y algunos, desgraciadamente, por otros asuntos que rodean al fútbol y poco tienen que ver con este juego. A mí este Mundial 2026 me está dejando precisamente esa sensación.
No niego que me tenga enganchado, principalmente porque me dedico a esto, y también porque España sigue viva y cuando la Selección tiene opciones de hacer historia es imposible desconectar. Pero si España estuviese eliminada, probablemente ya estaría odiando este Mundial. Y creo que no soy el único.
Obviando la ilusión patriótica, no me está gustando esta Copa del Mundo. No porque falten estrellas. No porque no haya sorpresas. No porque no existan buenas historias que contar. Todo eso lo tiene. Lo que me falla es el producto. El fútbol.
El fútbol no está hecho para jugar al mediodía
Hay un tema que me está costando muchísimo digerir: los horarios. Entiendo perfectamente que el Mundial se juega en Norteamérica y que es imposible contentar a todo el mundo, pero eso de que allí se estén jugando la vida a las tres de la tarde… y que conste que tampoco me gusta madrugar para ver España (o trasnochar, según la vitalidad que maneje cada cual).
Puede que un Mundial cada cuatro años merezca una noche en vela, pero no es lo ideal. Uno, que ya va teniendo una edad, recuerda el Campeonato del Mundo de 1994 que se jugó allí en Estados Unidos y solo me vienen a la mente imágenes de partidos con un solazo tremendo, de un juego tedioso, del caluroso Cotton Bowl de Texas, de horarios nocturnos de lo más incómodos en España… y de la nariz sangrante de Luis Enrique. Eso nunca se olvidará. Grabado a fuego por siempre aquello.
Aún así, y aunque aquí sea un horario inmejorable ver España a las nueve de la noche, no me convence ver partidos con un sol de justicia. Llevo años pensando lo mismo con LaLiga. Los encuentros de las doce del mediodía casi siempre son los más raros. El ritmo baja, aparecen muchos errores, a los futbolistas parece que les cuesta entrar en el partido y muchas veces terminan siendo encuentros demasiado espesos. Ahora lo estamos viendo casi a diario.
Aunque muchos estadios sean cubiertos, el ambiente, la temperatura y la humedad pesan muchísimo. Ya ocurrió en el simulacro de Mundial de Clubes del verano pasado. Hay futbolistas andando. El balón circula lento. Cuesta encontrar intensidad.
A mí, personalmente, el fútbol me gusta de noche. Me gusta el horario Champions. Sus nueve de la noche. Césped perfecto, iluminación perfecta y ambiente perfecto. Ya me entró regular que la última final de la Liga de Campeones se jugase a las seis de la tarde. El gran fútbol siempre ha sido nocturno.
Demasiadas selecciones para un Mundial
Tampoco he sido defensor de ampliar el torneo a 48 países y, después de ver esta Copa del Mundo, sigo pensando exactamente lo mismo. Por mucha Cabo Verde que hayamos disfrutado, por muy romántico que resulte ver cómo aparece alguna revelación, no podemos negar que ha habido partidos directamente infumables. Hay demasiada diferencia entre selecciones y eso se nota.
El Mundial de antes era especial también porque era exclusivo. Llegaban los mejores. Ahora llegan demasiados y el nivel medio baja, inevitablemente. Más partidos no es sinónimo de una mejor competición. Significa exactamente lo contrario. Solo es más negocio.
Las pausas de hidratación son el cáncer de este deporte
Y luego están las famosas pausas de hidratación. Son desesperantes. Sé perfectamente que la excusa parte de la protección de la salud de los futbolistas. Muy bien. Eso no lo discuto. Pero no me engañen, señores de la FIFA. Estas pausas se han convertido en una auténtica ventana comercial. Se detiene el partido, desaparece completamente el ritmo, llegan los anuncios y cuando vuelve a rodar el balón parece que empieza otro encuentro distinto. Bien merecidos están los pitos que se escuchan en todos los estadios.
Marcelo Bielsa lo explicó perfectamente cuando dijo que el fútbol ha pasado a jugarse en cuatro tiempos en lugar de dos y que eso altera la concepción cultural del fútbol. Hay que darle la razón. Pase lo que pase, este campeonato me está dejando esa sensación que ya será difícil quitarme de encima, esa impresión de que el negocio está empezando a ganar demasiados partidos al fútbol.

Diversos estudios estiman que estos ‘cooling breaks’ permitirán emitir alrededor de 1.600 anuncios publicitarios durante todo el Mundial, generando más de 500 millones de dólares entre cadenas de televisión y derechos comerciales. Dicho de otra manera, las pausas sirven para hidratarse, pero sobre todo para facturar muchísimo dinero.
Cada interrupción te saca del partido. Cada corte convierte el espectáculo en algo mucho más televisivo que futbolístico. El fútbol moderno corre el riesgo de olvidar al aficionado de siempre. Y que conste que no soy un enemigo de la modernidad. Todo lo contrario. He defendido el VAR desde el primer día y sigo creyendo que ha hecho el fútbol más justo, aunque todavía necesite mejorar. Pero una cosa es evolucionar y otra muy distinta cambiar la esencia del deporte. Da la sensación de que cada gran torneo necesita introducir una novedad: Más equipos, más partidos, más pausas, más anuncios, más olas en la grada, más espectáculo… y quizá lo que necesite el fútbol sea todo lo contrario.
Por suerte, el fútbol sigue siendo de los futbolistas
Existe un aficionado que lleva viendo fútbol toda la vida y que empieza a sentirse un poco desamparado viendo hacia dónde camina este deporte. Menos mal que siguen existiendo los futbolistas. Afortunadamente, este juego va de ellos y sigue siendo suyo. Lo de Messi ya pertenece a otra dimensión. Lo suyo ya no va de estadísticas. Es puro legado. De entender el fútbol como nadie lo ha entendido jamás. Cada Mundial parece el último y siempre encuentra la manera de volver a maravillarnos. Me quito el sombrero.

Como punto positivo de este Mundial, es bonito eso de que las viejas glorias sigan discutiendo todavía el protagonismo a los Mbappé y los Haaland. Ese choque generacional está siendo una de las mejores noticias del campeonato y está siendo divertido ver el pique de las estrellas.
En cuanto a las favoritas, Francia sigue pareciéndome la gran amenaza. Tiene un potencial ofensivo descomunal y, cuando acelera, asusta. Y luego está España. Que ilusiona, que compite. Que está creciendo y que tiene opciones reales. El problema es que gran parte del peso se está cargando en Lamine, al que veo demasiado acelerado por convertirse en la gran estrella del torneo. Tiene un talento descomunal, pero no está obligado a demostrar todo en cada jugada. Debe comprender que las estrellas no se fabrican a la fuerza; aparecen solas. Ojalá encuentre esa calma porque, cuando juega sencillo, es absolutamente diferencial.
Y así, en la recta final de este Mundial desesperante, la buena noticia es que ahora ya solo queda lo mejor. Desde cuartos no hay que perderse nada. Vienen los partidos decisivos y todavía estamos a tiempo de vivir un final espectacular. Ojalá sea así.





